Hace siete años, el 16 de julio de 1999, moría John John Kennedy. Apenas le vi unos instantes, pero a pesar de mi indiferencia hacia el personaje pude percibir el halo mágico del trágico destino de su apellido.
Realicé mi primer viaje a EEUU en agosto de 1994. Llegar a Nueva York supone un gran impacto para un joven de la generación de la imagen. Las primeras visiones recién aterrizado, una alcantarilla humeante, un taxista con turbante, edificios donde se pierde la vista, le trasladan a uno automáticamente a una película de cine. Una de las referencias de la imágen cinematográfica de la ciudad es la 5ª avenida. El lujo y el glamour discurren por esta avenida con una anormal total normalidad.
Circulando por la 5ª avenida con mi prima, mis ojos iban de una lado para otro tratando de discriminar para no perderme nada importante. Ante mí pasaban limusinas, escaparates, mujeres espectaculares y momentos de la vida cotidiana de la gran manzana especialmente curiosos, como ver a un chófer de autobús bajarse del mismo en una esquina, correr a un puesto de perritos calientes, comprar uno bien lleno de mostaza y volver al autobus a seguir la ruta con la salchicha en la boca. Nadie en el autobús pareció molestarse, por lo que deduje que ese comportamiento era normal. El caso es que las prioridades observatorias de mi prima eran parecidas con la salvedad de que lo que no estaba dispuesta a perderse era a un tío espectacular. Y así fue. Íbamos andando, yo un par de metros por detrás, cuando de repente se dio la vuelta. Su boca abierta y la tez pálida llamaron mi atención.
- ¿Le has visto?, balbuceó en cuanto pudo articular palabra.
- ¿A quién?
- A John John
- ¿John qué?
- John John Kennedy, ¿no sabes quién es?
En aquél entonces John John era pasto diario de la prensa rosa. Ser hijo de quien era (En EEUU nadie olvida la fotografía del jovencito John John con sólo tres años saludando militarmente al paso del ataúd de su padre JFK en 1963), estar más bueno que el pan, sus encuentros amorosos con Madonna y Daryl Hannah, entre otras celebridades, y su tortuoso matrimonio con la histérica Carolyn Bessette, le colocaron en una dimensión paralela a la de su padre con la salvedad de que al parecer carecía de la inteligencia de aquél. Con ese curriculum no era de extrañar mi total ignorancia sobre el devenir del sujeto en cuestión, pero el entusiasmo de mi acompañante me hizo girar el cuello para verle perderse avenida abajo.
En aquél momento no le di ninguna importancia a ese encuentro, pero tiempo después decubrí que se había quedado grabado en mi memoria muy nítidamente. Casi más que ningún otro recuerdo del viaje.
Su muerte en 1999 me hizo reflexionar sobre lo que ví en aquél momento. La profunda emoción de mi prima era compartida por toda la calle. John John era enorme, altísimo, de una elegancia soberbia en el vestir, traje oscuro perfectamente entallado. Aparentemente iba sólo, con la cabeza muy alta, muy estirado. Su simple forma de pisar era un alarde de seguridad. No necesitaba frenar su movimiento ante la masa humana que tenía enfrente, porque se echaban a un lado y a otro a su paso, dándose la vuelta, retorciéndose las féminas en un gesto de dolor uterino (lo juro) y dejándo escapar un gemido de imposible descripción. Iba a buen ritmo, pero aun así recuerdo la escena a cámara lenta, con los laterales de su chaqueta ondeando al viento mientras su sóla presencia extraía muecas de admiración. Un poderío innegable, una autoritasen el andar que reflejaba de algún modo su forma de ser, su creencia de que estaba envuelto en un halo mágico que le protegía. Siempre despreció la leyenda que atribuía una maldición a la familia Kennedy por la frecuente afición de sus miebros a morir antes de tiempo. Siempre le pareció exagerada la observación de que los Kennedy corrían muchos riesgos innecesarios. El 16 de julio de 1999 corrió un riesgo excesivo. Junto a su mujer, Carolyn y su cuñada Lauren subió a una avioneta Piper Saratoga de 300 mil dólares que John John aún no estaba capacitado para pilotar. Se estrellaron en pleno vuelo cuando se acercaban a la isla de Martha's Vineyard. Entonces, dí mayor valor a mis recuerdos.
Perdonen el pretencioso titular de este artículo. No le conocí, sólo me crucé con él, pero no quería romper con el estilo de la serie de artículos "El Día que conocía a..." en los que, como en éste, explico diferentes encuentros (más profundos que éste) que he tenido con personajes famosos, conocidos o interesantes.