La segunda vez que vi a Fidel, en realidad sólo vi su coche escoltado por una comitiva, pero fue muy revelador. Estaba en su contexto, en Cuba, y en el silencio de la noche pude apreciar el misterio que rodea a un mito viviente. Si no lo has hecho ya, pasa antes por capítulo I, capítulo II y capítulo III.
Era el año 1999, durante mi primer viaje a Cuba. Debían de ser las tres y media de la noche cuando deambulabamos Cecilio, un amigo cubano, y yo por la Avenida de los Presidentes, en el Vedado de La Habana, un poco por debajo de la calle 23. Un rugir de motos y el centelleo de luces de colores a nuestra espalda nos hicieron girar la cabeza. Seis motocicletas Harley Davison de la policía cubana abrían paso a dos automóviles negros con los cristales ahumados. Estaban a unos cincuenta metros. Otras seis motos cerraban por detrás la comitiva. Se movía a poca velocidad, con aire de cierta majestuosidad, pero también con gran normalidad. No tenían prisa, iban por el mismo centro de la ciudad con el único ruido de las motos norteamericanas. Esa normalidad la corroboró mi compañero.
- Ese es Fidel - comentó Cecilio sin darle importancia.
- No jodas, tío, ¿Hay va Fidel?, respondí como si estuviera viendo al mismísimo Dios.
- Sí, se le ve muchas veces cruzando la ciudad en su coche oficial.
- Pero, ¿y a estas horas de la noche?- comenté escéptico.
- Sí, Fidel no duerme nunca, aquí todo el mundo sabe que Fidel no duerme nunca. - sentenció.
No me digan que no es misterioso ese hombre. Parece estar por encima del bien y del mal, parece de otras galaxia, un marciano infiltrado en la Tierra. Sólo vi su coche oficial, pero quedé conmocionado el resto de la noche. Y yo no me asusto fácilmente.
Fin de la serie.
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