La Coctelera

Tribuno de la Plebe

Currando desde los tiempos de la República romana

Categoría: El día que conocí a...

17 Octubre 2006

El Día que conocí a Álvaro Pombo

Le han dado el premio Planeta y se ha llevado 601.000 euros. Un día me crucé con él y parece un tipo simpático. Me alegro por él. Ya lo publiqué en su día, pero recupero un texto sobre aquél encuentro. Fue en la Plaza Mayor. Gallardón iba a oficiar su promera boda gay. Yo estaba allí para cubrir el evento. Él, todavía no se para qué, pero disfrutó de lo lindo. Fué el pasado 29 de julio.
Tanto revuelo de cámaras en la Plaza Mayor atrajo a un buen número de curiosos que pasaban por allí. Un turista que se cree que va a ver a un jugador de fútbol, un ciudadano que pregunta qué se reparte aquí, un tipo con una declaración escrita, vete a saber de qué, que se empeña en leernos a la cámara... Pero de todos los presentes, llamó pronto la atención el escritor y filósofo cántabro Alvaro Pombo. Vestido de impoluto blanco y sombrero de paja, su presencia no parecía casual. Pombo acaba de publicar "Contra Natura", un libro sobre el homosexual en España, con referencias a la nueva ley que permite lo que se celebraba.
Pronto llamó la atención. Estaba hablando con Luis Magán, el fotógrafo de El País, al que me acerqué a saludar (fue profe mío). Me incorporé a su conversación. Pombo, entusiasmado con el acontecimiento que se celebraba, elaboraba en voz alta sus teorías sin parar de hablar. Se lo estaba pasando pipa clamando contra la hipocresía del Partido Popular. Mucho juego le dio una hoja de El Mundo con una enorme fotografía de los contrayentes que me había traído para reconocerlos. Fue divertido hasta que comprobé que su conversación no tenía fin conocido. Magán ya se había escabullido y yo tuve que hacer lo mismo no sin antes escuchar de su boca que gritaría ¡Vivan los novios! en cuanto los viera.
Cuando llegaron yo ya me había subido al salón, así que no lo vi. Sin embargo, más tarde, al ver lo que había grabado mi cámara (que se había quedado fuera) lo pude oir bien claro. Por encima del ruido de los fotógrafos y las preguntas de la prensa, un grito se oyó bien nítido. ¡Vivan los novios! Cumplió su promesa. Un gran tipo.

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16 Julio 2006

El Día que conocí a... John John Kennedy

Hace siete años, el 16 de julio de 1999, moría John John Kennedy. Apenas le vi unos instantes, pero a pesar de mi indiferencia hacia el personaje pude percibir el halo mágico del trágico destino de su apellido.
Realicé mi primer viaje a EEUU en agosto de 1994. Llegar a Nueva York supone un gran impacto para un joven de la generación de la imagen. Las primeras visiones recién aterrizado, una alcantarilla humeante, un taxista con turbante, edificios donde se pierde la vista, le trasladan a uno automáticamente a una película de cine. Una de las referencias de la imágen cinematográfica de la ciudad es la 5ª avenida. El lujo y el glamour discurren por esta avenida con una anormal total normalidad.
Circulando por la 5ª avenida con mi prima, mis ojos iban de una lado para otro tratando de discriminar para no perderme nada importante. Ante mí pasaban limusinas, escaparates, mujeres espectaculares y momentos de la vida cotidiana de la gran manzana especialmente curiosos, como ver a un chófer de autobús bajarse del mismo en una esquina, correr a un puesto de perritos calientes, comprar uno bien lleno de mostaza y volver al autobus a seguir la ruta con la salchicha en la boca. Nadie en el autobús pareció molestarse, por lo que deduje que ese comportamiento era normal. El caso es que las prioridades observatorias de mi prima eran parecidas con la salvedad de que lo que no estaba dispuesta a perderse era a un tío espectacular. Y así fue. Íbamos andando, yo un par de metros por detrás, cuando de repente se dio la vuelta. Su boca abierta y la tez pálida llamaron mi atención.
- ¿Le has visto?, balbuceó en cuanto pudo articular palabra.
- ¿A quién?
- A John John
- ¿John qué?
- John John Kennedy, ¿no sabes quién es?
En aquél entonces John John era pasto diario de la prensa rosa. Ser hijo de quien era (En EEUU nadie olvida la fotografía del jovencito John John con sólo tres años saludando militarmente al paso del ataúd de su padre JFK en 1963), estar más bueno que el pan, sus encuentros amorosos con Madonna y Daryl Hannah, entre otras celebridades, y su tortuoso matrimonio con la histérica Carolyn Bessette, le colocaron en una dimensión paralela a la de su padre con la salvedad de que al parecer carecía de la inteligencia de aquél. Con ese curriculum no era de extrañar mi total ignorancia sobre el devenir del sujeto en cuestión, pero el entusiasmo de mi acompañante me hizo girar el cuello para verle perderse avenida abajo.
En aquél momento no le di ninguna importancia a ese encuentro, pero tiempo después decubrí que se había quedado grabado en mi memoria muy nítidamente. Casi más que ningún otro recuerdo del viaje.
Su muerte en 1999 me hizo reflexionar sobre lo que ví en aquél momento. La profunda emoción de mi prima era compartida por toda la calle. John John era enorme, altísimo, de una elegancia soberbia en el vestir, traje oscuro perfectamente entallado. Aparentemente iba sólo, con la cabeza muy alta, muy estirado. Su simple forma de pisar era un alarde de seguridad. No necesitaba frenar su movimiento ante la masa humana que tenía enfrente, porque se echaban a un lado y a otro a su paso, dándose la vuelta, retorciéndose las féminas en un gesto de dolor uterino (lo juro) y dejándo escapar un gemido de imposible descripción. Iba a buen ritmo, pero aun así recuerdo la escena a cámara lenta, con los laterales de su chaqueta ondeando al viento mientras su sóla presencia extraía muecas de admiración. Un poderío innegable, una autoritasen el andar que reflejaba de algún modo su forma de ser, su creencia de que estaba envuelto en un halo mágico que le protegía. Siempre despreció la leyenda que atribuía una maldición a la familia Kennedy por la frecuente afición de sus miebros a morir antes de tiempo. Siempre le pareció exagerada la observación de que los Kennedy corrían muchos riesgos innecesarios. El 16 de julio de 1999 corrió un riesgo excesivo. Junto a su mujer, Carolyn y su cuñada Lauren subió a una avioneta Piper Saratoga de 300 mil dólares que John John aún no estaba capacitado para pilotar. Se estrellaron en pleno vuelo cuando se acercaban a la isla de Martha's Vineyard. Entonces, dí mayor valor a mis recuerdos.
Perdonen el pretencioso titular de este artículo. No le conocí, sólo me crucé con él, pero no quería romper con el estilo de la serie de artículos "El Día que conocía a..." en los que, como en éste, explico diferentes encuentros (más profundos que éste) que he tenido con personajes famosos, conocidos o interesantes.

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17 Mayo 2006

El Día que conocí a Fidel Castro (Cap. IV)

La segunda vez que vi a Fidel, en realidad sólo vi su coche escoltado por una comitiva, pero fue muy revelador. Estaba en su contexto, en Cuba, y en el silencio de la noche pude apreciar el misterio que rodea a un mito viviente. Si no lo has hecho ya, pasa antes por capítulo I, capítulo II y capítulo III.
Era el año 1999, durante mi primer viaje a Cuba. Debían de ser las tres y media de la noche cuando deambulabamos Cecilio, un amigo cubano, y yo por la Avenida de los Presidentes, en el Vedado de La Habana, un poco por debajo de la calle 23. Un rugir de motos y el centelleo de luces de colores a nuestra espalda nos hicieron girar la cabeza. Seis motocicletas Harley Davison de la policía cubana abrían paso a dos automóviles negros con los cristales ahumados. Estaban a unos cincuenta metros. Otras seis motos cerraban por detrás la comitiva. Se movía a poca velocidad, con aire de cierta majestuosidad, pero también con gran normalidad. No tenían prisa, iban por el mismo centro de la ciudad con el único ruido de las motos norteamericanas. Esa normalidad la corroboró mi compañero.
- Ese es Fidel - comentó Cecilio sin darle importancia.
- No jodas, tío, ¿Hay va Fidel?, respondí como si estuviera viendo al mismísimo Dios.
- Sí, se le ve muchas veces cruzando la ciudad en su coche oficial.
- Pero, ¿y a estas horas de la noche?- comenté escéptico.
- Sí, Fidel no duerme nunca, aquí todo el mundo sabe que Fidel no duerme nunca. - sentenció.
No me digan que no es misterioso ese hombre. Parece estar por encima del bien y del mal, parece de otras galaxia, un marciano infiltrado en la Tierra. Sólo vi su coche oficial, pero quedé conmocionado el resto de la noche. Y yo no me asusto fácilmente.
Fin de la serie.

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16 Mayo 2006

El dia que conocí a Fidel Castro (Cap. III)

Reparado del susto me asomé y pude ver a Fidel saludando al Rey. Volví a mirar el arma y empecé a descartar que su dueño fuera un asesino. Posada Carriles habría utilizado un fusil con mira telescópica y este no la tenía, era viejo y estaba arañado. Un ruido me sobresaltó y acabó con mis disquisiciones.
Si no lo has hecho ya pasa antes por el capítulo II o el capítulo I.Alguien subía por la escalera. No tenía salida, o me encontraba con ¿? o me tiraba de la torre. Pronto encontré respuesta a lo ocurrido. Un chavalín de no más de 19 años vestido de Guardia Civil asomó su cara por el habitáculo. No se cuál de los dos tenía más miedo. Estaba claro que el muchacho era el responsable del arma, y que seguramente venía de hablar con su compañero apostado, presumiblemente, en el otro campanario. Cruzamos miradas de espanto y balbuceé:
- ¿Sabes dónde están los de Telemadrid?
- Baja las escaleras y el primer pasillo a la derecha.
No hubo más palabras. Por un momento él ya se veía expulsado de la Guardia Civil y yo en un cuartelillo, así que ambos apostamos por continuar nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido.
Aún me dio tiempo a ver algo del espectáculo junto a los de Telemadrid. El himno, los saludos, la grada montada al efecto, y poco más. Me fui de allí con el susto en el cuerpo pero con una historia curiosa que contar.
Tuve un segundo encuentro con Castro menos peligroso aunque más misterioso. No le pude ver la cara, pero tuvo algo especial. Fue en La Habana.
Continuará.

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16 Mayo 2006

El Día que conocí a Fidel Castro (Cap. II)

Iba a ver a los asistentes a la Cumbre Iberoamericana, entre ellos a Fidel y al Rey desde un lugar privilegiado. Lo que no sabía es que ese lugar iba a ser una especie de puesto de caza desde el que podría dispararles a ambos, y que la Guardia Civil me suministraba el fusil.
Si no has leído el capítulo I pasa antes por aquí.
El día de la recepción en el Palacio de Oriente me acerqué hasta la catedral de la Almudena. Estaba todavía en obras, así que aquello era un conglomerado de vallas, obreros y maquinaria. Al llegar había visto la llegada de algunos de los coches oficiales de los mandatarios latinoamericanos y como no quería perderme la esperada llegada de Fidel Castro me dirigí rápidamente a uno de los accesos laterales y pregunté por los de Telemadrid. No me pidieron ninguna acreditación, pero debí de ser convincente porque me dejaron pasar y me indicaron que subiera unas escaleras hasta llegar a la azotea. Fui hacia ellas a buen paso mientras contemplaba la aberración arquitectónica en la que nuestras autoridades socialistas se estaban gastando el dinero de los ciudadanos. Subí la escalera que, como supe después, llevaba a la torre izquierda de la fachada. Me equivoqué porque Telemadrid estaba situado en la terraza aneja a la torre derecha. Yo, como no veía ni oía a nadie, seguí subiendo con cierto respeto por la oscuridad, la solemnidad y la provisionalidad del edificio. Cuando se me acabaron las escaleras me encontré con una sorpresa. Había llegado a lo alto del campanario, y sobre la ventana había un fusil.
Unas decenas de metros por debajo, un grupo de personas gritaba: ¡Fidel, Fidel!.
En centésimas de segundo pasaron por mi cabeza muchas posibles decisiones: la más sensata era salir corriendo y olvidarme de lo que había visto; La segunda era hacerme el héore y evitar un magnicidio agarrando el arma y acudiendo a la policía; La tercera era quedarme paralizado; La cuarta, cotillear, ver el arma y sacar conclusiones más fundadas sobre lo que me había encontrado. Opté sucesivamente por la tercera y la cuarta.
Continúa.

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15 Mayo 2006

El Día que conocí a Fidel Castro (Cap. I)

Realmente fue el Día que pude matar a Castro. El azar y la ineptitud de un Guardia Civil me pusieron en el lugar donde hubiera querido estar Posada Carriles. Fue en 1992 durante la Cumbre Iberoamericana de Madrid y pudiera servir como un guión para una película. Como suele ocurrir, la realidad supera con frecuencia a la ficción.
En un reciente topic he bromeado sobre los muchos intentos de matar a Castro que ha habido. Permítanme antes de pasar al meollo de mi encuentro con Fidel unas observaciones para poder apreciar el mismo con su debida importancia. Si alguien ha intentado con ahínco matar a Castro, ese es Luis Posada Carriles. Este terrorista es conocido sobre todo por el atentado que se le atribuye contra un avión de Cubana de Aviación. Posada reclutó a los venezolanos Hernán Ricardo Lozano y a Freddy Lugo para que fuesen los autores materiales del sabotaje de un avión civil cubano en Barbados. Estos mercenarios colocaron las bombas que asesinaron a 73 personas, cuando el avión explotó en pleno vuelo apenas unos minutos después de haber despegado del aeropuerto de Barbados el 6 de octubre de 1976. Fue detenido junto a Orlando Bosch Ávila el 7 de octubre de ese mismo año por ser los patrocinadores de este hecho. Ahora está detenido en EEUU desde mayo de 2005 por penetrar furtivamente en territorio de Estados Unidos. La comunidad internacional (recuerden la polémica de la Cumbre de Salamanca) ha pedido a EEUU que lo extradite o que lo juzguen por aquellos hechos. Por cierto, Los días 11, 12 y 13 de julio de 1998 Posada Carriles, alias Bambi (como ZP), reveló al diario The New York Times que había recibido 200.000 dólares de la mano del presidente de la Junta de Directores de la FNCA, Jorge Mas Canosa, para ejecutar acciones terroristas en Cuba. Mas Canosa era buen amigo de Aznar, y según algunas informaciones hasta pudo financiar al PP. Por su parte, Aznar certificó la venta de Sintel, la famosa filial de Telefónica, a este empresario de Miami, con el resultado por todos conocido. (Esto es sólo para que nos situemos).
Entro en materia. Uno de sus intentos de matar a Castro se produjo en 1992, el año en que vi por primera vez a Fidel. El 15 de julio de 1992 el terrorista Gaspar Eugenio Jiménez Escobedo viajó a Honduras para entrevistarse con Posada Carriles con el objetivo de conseguir un lanzacohetes RPG-7, de fabricación soviética, el cual se emplearía para dispararle al avión en que viajaría el Fidel Castro a la II Cumbre Iberoamericana, en Madrid. Aquél intento no se llevó a cabo finalmente, y Fidel llegó a España vivo y coleando. Y yo no quise perderme el espectáculo de ver a semejante histórico y pintoresco personaje desde algún lugar privilegiado. Dados los fuertes controles de seguridad acudí a mis contactos para acceder a una buena panorámica. El Rey recibiría a todos los presidentes iberoamericanos en el Patio de Armas del Palacio de Oriente. Un periodista muy allegado a mí iba a entrar en directo para Telemadrid desde la azotea de la, aun en obras, catedral de la Almudena. Ya tenía mi pase en primera fila.
Continúa en Capítulo II.

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8 Abril 2006

El Día que conocí a José Couso

Hace tres años fue asesinado en Bagdad. Hoy su imagen más popular es su rostro serio encuadrado en fondo blanco entre las letras: Jose Couso... asesinado y un REC, grabando. Yo en cambio le recuerdo sonriente, el gesto que más prodigaba con todo el mundo. Esa sonrisa ladeada que ponía incluso ante las adversidades. Era una adversidad estar en Bagdad en plena guerra, haciendo un trabajo que le costaría la vida a él y a decenas de periodistas más.

No recuerdo el día exacto que le conocí, pero sí que durante bastante tiempo fue casi el único cámara con el que me relacioné. Yo por aquél entonces no salía nunca a grabar a la calle, por lo que no tuve oportunidad de trabajar directamente con él; una pena porque todos le querían para currar. Era de los mejores tanto con el manejo de la cámara como trabajando en equipo con el redactor. Aun así hablábamos con frecuencia en la redacción y mostraba mucho interés en mi trabajo cuando yo andaba enfrascado en los inicios de la página web de Informativos Telecinco. Como a mi lado se sentaba una gallega, eran numerosas sus visitas y las conversaciones.
Cuando comenzaron la invasión de Irak y los bombardeos sobre Bagdad, eran continuos los directos que realizábamos con Jon Sistiaga. Algunas veces me tocó bajar al control de sonido a hacer una tarea muy sencilla pero que habitualmente nos desagrada porque hay que bajar las escaleras. Ahora el procedimiento ha cambiado pero en aquel entonces antes del directo había que ir a sonido para llamar por teléfono al redactor, a Jon en este caso, para que estuviera prevenido. La conversación apenas duraba unos segundos antes de pasarla a los técnicos y al estudio, pero era emocionante. Para ellos era una alegría encontrar una voz amiga al otro lado. Un qué tal, un estáis bien, qué fea está la cosa, qué se cuenta el Couso, y rápido me demandaban la llamada. Durante las piezas, entre los directos, las conversaciones con los presentadores en el estudio eran algo más largas, y a veces se ponía José para llenar de alegría a todos los que escuchábamos. De una de esas conversaciones surgió la idea de que un día no sólo Jon hiciera la crónica desde Bagdad, sino que también José participara con su punto de vista. La idea era mostrar que había más gente tras Jon y darle a su familia el gusto de escucharle por televisión, así como reconocer su trabajo profesional. Pocos días antes de su muerte, Couso entró en directo en el informativo de Àngels Barceló. Todo el mundo en la redacción le escuchamos con orgullo... por última vez.
El 8 de abril de 2003 nos despertamos con la noticia. Un tanque norteamericano había disparado contra el Hotel Palestine donde se encontraba la prensa internacional. Habían dado a José Couso y a otro cámara de Reuters. Ese día yo no trabajaba porque estaba de baja, así que me fui informando a través de llamadas a la redacción. Jon había comunicado a Juan Pedro Valentín que Couso tenía una pierna destrozada e importantes heridas en barbilla y torax. Lo llevaron al hospital San Rafael de Bagdad. A la misma hora yo también fui a un hospital para someterme a una intervención menor. Antes de entrar en quirófano recibí la noticia de que José estaba siendo operado pero que parecía que no corría peligro de morir, que perdería la pierna pero no la vida. En mi moderno hospital, mientras el cirujano intervenía en cierta parte innoble de mi anatomía no paraba de pensar con qué gusto le hubiera cambiado el quirófano en el que me encontraba por el suyo. Yo estaba en un quirófano nuevo y limpio, con un cirujano, una estudiante, cuatro enfermeras y todo tipo de instrumentos para evitar la más mínima complicación de una intervención rutinaria con anestesia local. Él estaba en una sucia sala de un hospital en guerra. Cuando salí de la operación le pregunté a mi padre por Couso. "No se sabe nada todavía", me dijo. Sólo cuando estuvimos solos poco después me dijo la verdad. Jose Couso no sobrevivió a una insuficiencia respiratoria tras la intervención quirúrgica. Si hubiera estado en mi hospital, le habrían salvado aquellas máquinas que a mí me sobraban.
Los siguientes fueron días de discursos, recuerdos emocionados y rabia contenida. Todos los que estuvieron con él en Bagdad reconocían lo bueno, lo divertido, lo simpático, lo amable que era. También en las piezas de los informativos, en las ruedas de prensa. Palabras que escuchas ante todos los feretros. Sentía rabia de no poder decir al mundo entero que en este caso, todo lo que se decía de él era pura verdad, que era el mejor en su trabajo, que su sola presencia animaba la cara a cualquiera y que era la mejor persona que había pisado la redacción. Y que si alguien tenía que morir en aquel hotel, no había derecho a que fuera él.
Tres años después todos aún lo tenemos presente, con el dolor de que no se haya hecho justicia. Algunos han tomado su imagen como bandera contra las guerras, como bandera por la libertad de información. Otros van mas allá y lo convierten en bandera contra el imperialismo. Y aún otros, despreciables débiles mentales han tratado de desacreditar a estos últimos diciendo que Couso era un soldado imperialista por trabajar para una empresa capitalista. José tan sólo era un periodista comprometido con su trabajo, que se ofreció para informarnos a todos de lo que ocurría en Iraq. Era un alma joven de 37 años enamorado de su familia (dejó dos niños) que nos alegró la vida mientras vivió a todos los que tuvimos la suerte de conocerle.

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22 Enero 2006

El Día que conocí a... Deep Purple (Cap. IV)

Roger Glover me mira fíjamente con sonrisa socarrona. Don Airey con sonrisa condescendiente. Yo creo que les ha gustado que el entrevistador, o sea yo, a diferencia del anterior, sea más joven que ellos. Si no has visto los anteriores capítulos pasa primero por Capítulo I, Capítulo II y Capítulo III.
En mi mejor inglés les pregunto: ¿Supone Rapture of the deep (el nuevo disco de Deep Purple) un nuevo comienzo para la banda?
- Roger Glover: Cada album es un nuevo punto de partida, un nuevo emblema, una aventura, un nuevo principio. Cada uno de los discos que hacemos es una parte nueva de nuestras vidas.
- P: ¿Cómo puede mantenerse en plena forma Deep Purple 38 años después de nacer? ¿Es por la aportación de las nuevas incorporaciones, como es tu caso, Don?
- Don Airey: Es la música la que nos hace seguir adelante, la gente que viene a vernos. Mientras haya demanda el grupo seguirá adelante y con mi llegada y la de Steve Morse se ha inyectado una nueva energía. Me apetece mucho este tour, creo que el grupo se está moviendo en un nuevo terreno.
- RG: Yo además pienso que tenemos un batallón de fans muy leales. Entiendo que, como todo en la vida, la banda sufre cambios. Son simplemente cambios, no deterioro del grupo.
- P: ¿qué tipo de gente va ahora a vuestros conciertos, cuarentones, jóvenes, ambos?
- RG: Cada vez va más gente joven, pero también hay mezcla. Cada año parece que los fans son más jóvenes... o que nosotros nos hacemos más viejos (risas). Estamos hablando de adolescentes y veinteañeros. Acabamos de estar en Argentina y Brasil, y la inmensa mayoría de los que fueron a los conciertos tenían "veintipico" años.
- P: ¿Estamos viviendo un resurgimiento, un "revival" del Heavy Metal?
- DA: No creo que sea un revival porque siempre ha estado ahí. A veces latente esperando a resurgir. Durante los 80's se paró un poco la música heavy y fueron grupos como Gun's and Roses y Bon Jovi los que cogieron el testigo, y en los 90's con Nirvana. En el dos mil hemos sido los clásicos los que hemos vuelto a llevar el Heavy a la gente.
- P: ¿Cómo os sentís formando parte de una banda que ha hecho tan importantes contribuciones a la historia del rock?
- DA: Tanto como si estuviera jugando con Inglaterra. Es un honor sentir que represento a mí país.
- RG: Todo empezó cuando tenía quince años. En el colegio toqué en un grupo y no me lo tomé en serio porque pensé que no sería mi profesión. Pensé que si llegaba a tener éxito algún día duraría un año o dos y luego tendría que buscar un trabajo real. Es un auténtico privilegio que se haya convertido en una profesión para toda la vida. Y estoy muy agradecido.
- P: Muchas gracias, nada más.
Ya he terminado pero ellos siguen ahí plantados, sin moverse. Se han comido muchas entrevistas porque saben que ahora necesitamos hacerles unos planos recurso para mezclar las imágenes. Antes de irse se acercan a mí para estrecharme la mano. Muy majos los "chavales", creo que nos hemos gustado. "I'll see you later", digo. "Ok, thanks". Esa noche, anoche, estuvieron pletóricos en el escenario.
Fin de la serie.

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